06/10/2022

He querido escribir como si tuviera que estar ausente cuando se publicara el texto. Escribir como si tuviera que morir y ya no hubiera jueces. Aunque sea una ilusión, quizá, creer que el advenimiento de la verdad dependa solo de la muerte.

Mi primer gesto al despertarme era cogerle el sexo, empinado por el sueño, y quedarme así, como aferrada a una rama. «Mientras siga asida a esto, me decía, no estaré perdida en el mundo.» Si reflexiono hoy sobre lo que significaba la frase, me parece que quería decir que el único deseo posible era ese, tener el sexo de aquel hombre agarrado con la mano.

Ahora está en la cama de otra mujer. Puede que ella haga el mismo gesto, tender la mano y cogerle el sexo. He estado viendo esa mano durante meses, y me daba la impresión de que era la mía.

Sin embargo, fui yo quien dejó a W. unos meses antes, tras una relación de seis años. Por cansancio pero también al no verme capaz de cambiar mi libertad, recuperada tras dieciocho años de matrimonio, por una vida en común que él deseaba fervientemente desde el principio. Seguíamos llamándonos por teléfono, nos veíamos de vez en cuando. Me llamó una noche, me anunció que se mudaba de su apartamento para ponerse a vivir con una mujer. A partir de ese momento, deberíamos seguir ciertas reglas a la hora de telefonearnos —solo a su móvil—, a la hora de vernos —nunca por la noche ni los fines de semana—. Por la sensación de debacle que me invadió de inmediato, supe que había surgido un elemento nuevo. A partir de entonces, la existencia de esa mujer invadió la mía. Solo pensaba en y por ella.

Esa mujer me llenaba la cabeza, el pecho y el vientre, me acompañaba a todas partes, dictaba mis emociones. Al mismo tiempo, aquella presencia ininterrumpida me llevaba a vivir intensamente. Me provocaba sacudidas internas que nunca antes había conocido, desplegaba en mí una energía, una inventiva de la que jamás me habría creído capaz, me mantenía en una actividad febril y constante.

Estaba, en ambos sentidos de la palabra, ocupada.


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