Aunque las vanguardias protagonizan habitualmente su calendario expositivo, la Fundación Mapfre dedica excepcionalmente una de las dos muestras con las que abre la temporada a la presencia del arte francés en España a lo largo de los siglos XVII, XVIII y XIX. Y lo hace con un proyecto científico de gran calado. Un equipo capitaneado por Amaya Alzaga ha realizado una exhaustiva labor de investigación en la que han participado especialistas tanto españoles como franceses: se han localizado las piezas (algunas se creían perdidas y en torno al 90% no se habían mostrado al público), se han documentado y estudiado (las había mal atribuidas) y se han publicado todos los ensayos en un monumental catálogo.

 comisaria de la exposición, de que «el arte francés ha desaparecido de los planes de estudio. Es un episodio que no se ha contado, había una deuda pendiente. Hemos sacudido alfombras de muchas instituciones». La pintura francesa no nació con el impresionismo. Mucho antes de Monet, Renoir y compañía, generaciones de artistas galos invadieron nuestro país gracias a regalos diplomáticos y las alianzas matrimoniales entre las Cortes de Francia y España.

‘Retrato ecuestre del Delfín de Francia a los 3 años’, de Jean Nocret. Detalle – COLECCIÓN PARTICULAR

La exposición reúne en la Sala Recoletos de la Fundación Mapfre, hasta el 8 de mayo, 110 obras (45 pinturas, 16 dibujos, 8 esculturas, una treintena de piezas de artes suntuarias y decorativas…), procedentes todas ellas del patrimonio español: hay préstamos de numerosos museos, fundaciones, academias, parroquias y destacadas colecciones privadas, a los que se suma un depósito del consulado español en París. El recorrido, temático y cronológico, nos sumerge a través de once salas en un viaje en el tiempo de tres siglos hasta los distinguidos salones palaciegos –cada cual identificado con un color en las paredes (azul, rojo y verde)–, decorados con tesoros ‘made in France’, que destacan por lo exquisito, refinado y ‘chic’.

La historia arranca en el siglo XVII, con Luis XIII (retratado por Philippe de Champaigne en un préstamo del Prado) y su consejero, el cardenal Richelieu, que llevaron a cabo un gran mecenazgo artístico, continuado, tras la muerte del monarca, por su viuda, Ana de Austria, hermana de Felipe IV. «Cuando Francia inició su imparable conquista cultural de Europa, encontró en España uno de sus escenarios más privilegiados», advierte Alzaga. Destacan obras maestras como un ‘Retrato ecuestre del Delfín de Francia a los 3 años’, de Jean Nocret, junto a lienzos de Simon Vouet, Charles Le Brun o Claudio de Lorena.

En el XVIII, con Felipe V llegan los Borbones al trono español. El monarca traslada sus afrancesados gustos de París y Versalles a Madrid: vienen de Francia muebles, trajes, joyas…, pero también los mejores pintores de la época, como Houasse, Van Loo, Ranc –de los tres cuelgan destacados retratos reales en la muestra–, Boucher, Chardin, Fragonard o Lemonnier, de quien se exhibe un espléndido retrato de la duquesa de Beaufort-Spontin con sus dos primeros hijos, de la colección del duque del Infantado. Pero no solo hay pintura en las salas. También preciosos dibujos (una buena selección de la colección Juan Abelló) y exquisitas piezas decorativas, como el ‘Reloj de la Fuerza y la Prudencia’, del Palacio Real de Madrid. A Carlos IV, que tenía un gusto profundamente francés, le llamaban ‘el rey relojero’ por su pasión por los relojes.

'La noche', de J-M-A Pollet. Detalle
‘La noche’, de J-M-A Pollet. Detalle – FUNDACIÓN CASA DE ALBA

La Guerra de la Independencia (1808-1814) provoca un giro en el gusto: se vuelve la mirada hacia España, una España romántica. Contribuyeron a extender esa imagen figuras como Eugenia de Montijo, que se casaría con el emperador Napoleón III, pero que posa a caballo vestida a la española para un retrato pintado por Odier, préstamo de la Casa de Alba que ha salido del Palacio de Dueñas en Sevilla. También, una figura oscura e intrigante, el duque de Montpensier. Casado con una hermana de Isabel II, se batió en duelo con su primo Enrique de Borbón, duque de Sevilla, quien murió. Se exhibe el estuche de pistolas de duelo del duque. El pintor Alfred Dehodencq lo retrató con su familia en los jardines del Palacio de San Telmo de Sevilla (Isabel II lo llamaba ‘la Corte chica’), ataviados a la española. Obra muy reproducida, se presta por primera vez. Los duques de Montpensier fueron unos grandes propagadores de las corridas de toros y la Semana Santa sevillana.

En esta última sección de la exposición se muestran, junto a las pinturas, objetos de cristal, porcelana, platería, exquisito papel pintado de los jardines franceses (se inventó en París), vidrieras de la casa Mauméjean, un arpa, un vestido y un traje de manufactura francesa… También, curiosos objetos, como un estuche de tocador para el aseo personal, un reloj erótico de bolsillo, la máscara mortuoria de Napoleón (procede del Museo del Ejército) o una fotoescultura en biscuit («el primer 3D», advierte Amaya Alzaga), técnica que desapareció por ser muy costosa. Obra de François Willème, representa a Matilde de Aguilera y Gamboa.

Es una España pintoresca que descubren Victor Hugo, Delacroix, Doré o Manet. Este viajó a Madrid. Se alojaba en el Hotel de París, en la Puerta del Sol. Y acudía al Prado, donde quedó fascinado (y quién no) por Velázquez.

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