Masacre de Bucha. Foto: EFEMasacre de Bucha. Foto: EFE.

Llama la atención que, en una época de una supuesta mayor “tolerancia”, abunden cada vez más las etiquetas en las relaciones interpersonales. Hay un video enormemente difundido por redes sociales que originalmente fue emitido en el programa de entretenimiento de mayor audiencia de España, El Hormiguero, producido a modo de experimento social: en él, se cruzan a jóvenes con personas mayores, y se presentan unos a otros para luego dar paso a distintas conversaciones. Quizás el corte más repetido tiene que ver con una escena en la que una de las jóvenes, para presentarse, dice “me llamo Bin y yo me identifico como género no-binario, no me identifico ni con ser hombre ni con ser mujer”, a lo que la señora mayor le responde “y yo me llamo Mercedes”. Solo basta con buscar esa frase en YouTube sumándole la palabra “meme” y echarse a ver los comentarios.

¿No llaman la atención tantas etiquetas, ahora incluso auto-impuestas? Etiquetas respecto de etnias, “razas”, orígenes, religiones, discapacidades y orientaciones sexuales eran utilizadas de una forma perfectamente estudiada y sistematizada en los horrendos campos de concentración del régimen nacionalsocialista alemán; y la palabra “etiqueta” torna un sentido literal, al haber sido éstas confeccionadas en tela con triángulos invertidos y todo un código de colores para “identificarlos”.

Lejos de ser etiquetas, hay algunas palabras que quizás merecen ser estudiadas más en profundidad, como las corrientes de pensamiento que son y sus verdaderos ideales. Términos como el humanismo, en un sentido próximo al desarrollo libre del individuo, podrían quizás ser más difundidos; dejando de lado conceptos como el narcisismo o el egocentrismo, deformaciones del individualismo.

Puede que ahora el humanismo y el individuo importen más que nunca, de cara a la tan mencionada posible “tercera guerra mundial”, incluso hace poco por el propio Papa Francisco.

Por poner un ejemplo, Canal 26 sube constantemente a YouTube cortes dinámicos de noticias individualizadas, facilitando el consumo de la información a nuestras audiencias. Si bien los hay de todos los tipos, últimamente llama la atención la cantidad de comentarios de índole “imperialista” que se encuentran debajo de esos videos. ¿Estamos otra vez asistiendo al espectáculo de ejércitos de trolls, posiblemente dirigidos desde Rusia? Su injerencia en redes sociales fue ya demostrada numerosas veces, particularmente en asuntos políticos y sociales, como elecciones en Estonia, el Procés catalán o las propias elecciones estadounidenses que llevaron a la Presidencia a Donald Trump.

Podemos suponer que la mayoría de los comentarios son reales, o podemos suponer que los auténticos son minoría. En cualquier caso, ante noticias que tratan de la muerte de vidas humanas en masa, el mayor desplazamiento poblacional en el continente europeo en décadas, ataques a la novena central nuclear más grande del mundo (la más grande de Europa)… ¿no deberían importar más las vidas humanas? ¿Qué pasa en los sistemas educativos latinoamericanos y, al fin y al cabo, en nuestras propias sociedades, que nos importa más si Rusia, China, Estados Unidos o la UE tienen más fichas en el TEG que las vidas humanas que hay detrás de cada imagen y de cada noticia? ¿Tan difícil es asociar Bucha a un barrio periférico de ciudades como Buenos Aires, Lima o Bogotá? Como si de un deporte más se tratara, se alienta por tal o cual invasión actual o potencial como si se estuviera hablando de seleccionados nacionales. Pero las tragedias humanas continúan: siguen las muertes, siguen las familias destrozadas, los migrantes que deben huir de países en uno y otro hemisferio, quienes caen en víctimas de trata…

Algunos dirán que este texto es muy inocente… ojalá estas tragedias nunca toquen sus vidas. Mientras tanto, cabe una invitación a pensar en aquél refrán que dice “cuando las barbas de tu vecino veas pelar, echa las tuyas a remojar”, para moderar las expresiones que hacemos en redes sociales, en una triste época en que fenómenos como la posverdad, la sobreinformación, la desinformación y hasta la sobrecomunicación nos alienan cada vez más.

Noticias relacionadas