Fue hermana y modelo, sí, pero también firme guardiana del legado barcelonés de su hermano. Tanto es así que al final de la exposición, justo al lado del baúl en el que se custodiaban las obras en el domicilio familiar de Paseo de Gracia 48, una cartela recuerda lo que ocurrió cuando creyó oír la campana de los bomberos dirigiéndose a toda prisa a sofocar un incendio. «Lo primero que se le ocurrió gritar fue: ¡Cuidado, los cuadros, los cuadros! Uno de los hijos, socarrón, intervino: ‘¡Y nosotros, qué!’», puede leerse. El caso es que gracias a Lola Ruiz Picasso y su implacable celo protector, el Museo Picasso de Barcelona es hoy tal y como lo conocemos (ella se

 encargó de custodiar durante años las obras que su hermano acabaría donando a la ciudad en 1970), razón de peso para dedicarle una exposición monográfica.

Una muestra que, además de reunir la mayoría de los 66 retratos que Picasso pintó de su hermana entre 1984 y 1901, ahonda en su relación a través de postales, telegramas y cartas manuscritas. Un fondo documental que, tal y como avanzó el sobrino nieto del artista, Xavier Vilató, crecerá aún más en los próximos meses con la llegada al museo de la calle Montcada de un centenar de cartas inéditas de Picasso a su hermana así como incontable correspondencia de la familia al genio malagueño.

Una visitante toma una fotografía de un retrato de Lola del 1900 – Inés Baucells

Desde su partida de nacimiento, en diciembre de 1884, al telegrama con el que sus hijos le comunican a Picasso su muerte el 30 de septiembre de 1958, la exposición, visitable hasta el 27 de febrero, sigue los pasos de Lola Ruiz Picasso y muestra cómo la hermana menor de Pablo pasó de ser su principal modelo femenina a su gran confidente y nexo de unión con España y Barcelona.

«Es muy importante que el primer retrato al óleo que hace Picasso sea de su hermana», destaca la comisaria de la exposición, Malén Gual, en referencia al lienzo de 1894 que abre la muestra. Desde ese momento, Lola se convertirá en protagonista de cuadros, bocetos y, sobre todo, en ideal de lo que Picasso buscaba con sus retratos. «No la retrata siempre de modo realista -constata Gual-. Convierte a sus modelos en arquetipos de lo que quiere hacer».

Álbum familiar

En el Museo Picasso de Barcelona, treinta lienzos y dibujos dan cuenta de esa relación y añaden acotaciones familiares a la lectura más artística de la obra de Picasso. «Son obras de arte, sí, pero también son retratos de familia. Esto es lo emocionante de la exposición. Y lo fascinante. Tiene una función memorial», destaca el director del museo, Emmanuel Guigon. Uno de los ejemplos más evidentes es ‘Primera comunión’, lienzo de grandes dimensiones que Picasso pintó en 1896 para dejar constancia del acontecimiento y que se exhibe ahora en el centro de la sala.

Detalle de un retrato de Lola realizado por Picasso en 1899 y 1900
Detalle de un retrato de Lola realizado por Picasso en 1899 y 1900 – Inés Baucells

La propia Lola también se inició en la pintura mientras la familia residía en La Coruña, aunque, tal y como apuntan los responsables de la muestra, lo dejó cuando conoció a quien sería su marido, el neuropsiquiatra Juan Bautista Vilató. «El dibujo era la forma de comunicarse de la familia», apunta Gual. Una decena de pinturas realizadas entre 1893 y 1900 por Lola dan fe de una pulsión creativa que la llevó también a estudiar solfeo en la Escuela de Bellas Artes de La Coruña.

En el último tramo de la exposición, los cuadros pierden algo de peso y cobra importancia la correspondencia entre Lola y Pablo; cartas y postales cruzadas en las que la vida cotidiana se enreda con la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial; la etapa azul da paso al cubismo; y la sucesión de direcciones parisinas y francesas, de la rue Ravignan a La Californie, siguen el rastro de la historia del arte. «Son la palabra, son la voz de la gente; lo más tangible que hay», destaca Xavier Vilató sobre unas cartas que incluyen también fotografías de Olga Khokhlova coloreadas por Picasso y revelaciones como que en 1901 gastaba entre 10 y 12 francos al día solo en colores para los cuadros.

En un año dedicado a conmemorar el 50 aniversario de la gran donación de 1970 (236 óleos y 1.149 dibujos) que dio pie al Museo de Barcelona, el centro ha querido también destacar el papel que jugó Lola en la preservación y protección del legado picassiano. «Ella guardó el tesoro durante muchos años, algunos de ellos de penuria», destaca Gual.

Y es que, al abandonar Barcelona en 1904, Picasso dejó en la ciudad sus obras de infancia y juventud; un legado que su madre María primero y Lola después se encargaron de custodiar. Al morir Lola en 1958, sus hijos tomaron el testigo hasta que la donación de 1970 ligó definitivamente la obra de Picasso a Barcelona.

Además de la muestra dedicada a Lola, el museo inaugura también la exposición «Vilató. Dibujos del teléfono», que reúne un centenar de piezas que Javier Vilató, hijo de Lola y sobrino de Pablo, realizaba mientras hablaba por teléfono.

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