Si alguien en España se ha preocupado por la objetividad, los hechos y la razón en el periodismo y la política, ese es Arcadi Espada. Su severísimo concepto de un oficio que le ha llevado del periodismo local al columnismo siempre ha ido ligado al concepto de la verdad; un bien, dice, que «debe ser protegido». Desde esta militancia escribió ‘Raval’ (2000) o ‘Diarios’ (2002), dos libros esenciales sobre la práctica y la teoría del periodismo. «Los hechos y la objetividad dan mucho trabajo», reflexiona, y a este asunto le ha dedicado un buen número de artículos, ahora recogidos en ‘La verdad’ (Península, 2021). El libro, claro está, recoge su polémica con Javier Cercas: para demostrarle que en el

 periodismo no cabe la ficción, escribió que el escritor había sido detenido en un prostíbulo.

—En ‘Lacrónica’, para justificar que no siempre importa ser fiel a los hechos, Martín Caparrós escribe: «Ese tipo de minucias notariales son improcedentes. Yo creo que lo que importa es la honestidad del narrador».

—Quienes dicen que la objetividad no importa, sino la honradez, que es lo que viene a decir Caparrós, debieron de ser delincuentes en su momento. La honradez se les supone. Yo sé que usted escribe y es un hombre honrado y honesto. Si ya me dice que lo que importa es la honradez, ya empiezo a ponerme en guardia, porque yo lo daba por hecho. El problema de la objetividad y de la descripción de los hechos es un problema, a veces, de orden técnico. Es decir, los hechos dan mucho trabajo. La objetividad da mucho trabajo. Lo que es muy fácil, cuando uno está en plena investigación de un asunto y se encuentra con las paredes de la ignorancia o el desconocimiento, a veces inescalables, es abrirlas con la taladradora de la ficción. Es decir, tratar de remediar con las ficciones nuestra incompetencia.

—Critica a Orson Welles y Mariano de Cavia por haber hecho ficción disfrazada de periodismo. Usted hizo lo mismo con Cercas.

—Yo tuve que descender al infierno de ser Cercas, aunque fuera por veinte minutos, y mentir en el periódico para demostrarle a él y a los lectores que mentir no es una cosa recomendable. El problema de las mentiras en los periódicos es que la gente se las cree. Uno abre el periódico convencido de que va a encontrar la verdad en él. Esas operaciones que consisten en insertar en el periódico pedazos de ficción, como Welles o Cavia, en realidad son muy sencillas y tienen muy poco mérito porque parten de la credulidad absoluta del lector. En un periódico se puede mentir porque el periódico es el lugar de la verdad. En una novela no se puede mentir porque una novela es el lugar de la ficción. Por lo tanto, las mentiras donde suceden es justamente en los periódicos. Y es por eso que ahí es donde hay que combatirlas.

—Dice que a Welles el periodismo jamás debió dejarle ese estudio de radio. ¿Y a usted esa columna?

—Yo tuve un empeño moral, como Cavia para salvar las pinturas del Prado. Fui perfectamente consciente desde el primer momento de que estaba incurriendo en aquello que denunciaba. Pero es que no veía ninguna otra manera de acabar con la farsa de Cercas en sus opiniones sobre los periódicos. Entonces tuve que hacer un sacrificio, una suerte de harakiri, que espero que mis lectores hayan apreciado en toda su dimensión y valía. Lo que yo hice con Cercas no fue un error, fue un crimen.

—En ‘Diarios’ escribió que los periódicos ya solo se preocupaban por sonreír. Han pasado veinte años.

—Se sonríe cada vez más, cada vez más. Los periódicos se han convertido en una especie de muñequito, donde incluso incluyen fotos de gatitos como elementos noticiosos. Antes los periódicos eran como un hombre que va delante y sigue su camino; no se preocupaban de si venían lectores o no. Les guiaban las convicciones y la búsqueda de la verdad. Hoy el periodista está siempre con la cabeza torcida mirando a ver si le siguen y adecuando lo que escribe a lo que vaya diciendo la jauría que tiene detrás. Eso es una gran pérdida para el periodismo, por supuesto.

—¿Ha dejado de aprender en el periódico?

—No he dejado de aprender nunca. Durante muchos años, los periódicos fueron mi principal fuente de conocimiento. Esto fue muy importante porque yo soy un hombre formado de oídas. Hice una carrera universitaria que no me sirvió apenas para nada y leí de manera autodidacta desde muy pequeñito. Pero realmente lo que yo he aprendido sobre el mundo lo aprendí en los periódicos, con todo lo que eso tiene de fragilidad. Y ahora estoy contentísimo porque los periódicos se han convertido en el depósito fundamental de la estupidez contemporánea, y es muy importante saber cuáles son las texturas y la fisonomía de la estupidez. Es casi algo tan importante intelectualmente como cuando eran la fuente del conocimiento principal.

—¿En qué se distingue la posverdad de las mentiras de siempre?

—En la posverdad hay una convicción letal, y es que la verdad no importa. Trump no es un mentiroso; es un hombre que cree que la verdad no cuenta, que da lo mismo decir verdades que mentiras. El mentiroso respeta al hombre que dice la verdad. Sánchez no es un hombre que esté obsesionado por la verdad, al revés. No le preocupa lo más mínimo. No tiene ni siquiera que elaborar mentiras. Como cuando dice que van a bajar los precios de la luz… No es que mienta… ¿A él qué más le da?

—¿No es muy sintomático que incluso autores como Carrère ya no puedan contar la verdad en sus libros?

—Lo que ha pasado con su último libro es fascinante. Gracias a su exmujer hemos podido conocer que ese libro contradice el principio fundamental en el que Carrère ha basado su trabajo: escribir libros contando la verdad. Carrère nos debe una verdad fundamental: el contrato que firmó con su mujer. Los libros de Carrère, especialmente ‘Una novela rusa’, plantean serios problemas. Yo ahora estoy escribiendo un libro de memorias de juventud y me planteo con muchísima frecuencia la utilización del otro. Las personas que pasan por la vida de un escritor de hechos plantean problemas: cómo describes a los otros, hasta qué punto llega tu derecho… Carrère en ‘Una novela rusa’ habló de su exmujer en unos términos realmente duros, pero seguramente veraces. Que todo eso lo haya marginado en ‘Yoga’ y por la existencia de un contrato que los lectores no sabían, y además fingiendo que está contándonos la verdad… En ningún momento nos está diciendo que nos está mintiendo respecto de la ficción.

—Ha dirigido un periódico, ‘Factual’, que no funcionó.

—Nos pasó con nuestro principal empresario como a los españoles en aquella época, que creíamos que teníamos dinero. El error fue confiar en una persona que era muy frágil económicamente. La crisis del ladrillo le destrozó en un momento en que tenía que darlo todo por nosotros.

—¿Cuál es el periódico que está en mejor forma?

—Es el mismo de siempre, ‘The New York Times’. Su problema es que es un periódico provinciano, pero su capacidad de llegar a ciertos lugares es apabullante. A pesar de su sesgo irritantemente correcto y socialdemócrata, sigue siendo un periódico a consultar.

—¿Y en España?

—Los tres periódicos que llevan la voz cantante –’El País’, ABC y ‘El Mundo’– estamos más o menos igual, cada uno en nuestro ‘target’ de mercado. Creo que todos ellos atraviesan todavía el enorme impacto del pésimo planteamiento que los editores hicieron de la irrupción digital. En España, la literatura de no ficción, y el periodismo es su principal evangelio, es una literatura secundaria. Aquí se lee muy poca no ficción, y los periódicos se resienten de esa falta de grueso cultural. Los periódicos necesitan de ese grosor que dan otras sociedades, especialmente la anglosajona. O del respeto que tienen las formas del arte literario en un lugar como Francia. En España, y nuestros periódicos se resienten de ello, la conversación pública es de muy mala calidad.

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